La orimulsión vistió la innovación de pantalones largos

Considerado por muchos años un producto exitoso, el avance que convertía el viscoso petróleo extrapesado en una emulsión manejable mostró las habilidades de la ciencia local, pero fue luego desacreditado y engavetado

Si se busca algún desarrollo que pueda mostrar las desventuras que ha padecido la ciencia venezolana en los últimos años puede señalarse a la orimulsión. De ser considerada y promovida como uno de los inventos más destacados del ingenio local de la era democrática, pasó a ser acusada de engaño y quedó proscrita durante el gobierno de Hugo Chávez.
Todo comenzó por una de las grandes preocupaciones de la industria petrolera venezolana: de los 300 millardos de barriles de petróleo que se calcula tiene en reservas el país, 87% son de crudo pesado, lo que se traduce en inconvenientes de manejo, tratamiento y transporte.
Al enfrentarse con el reto que significaba el aprovechamiento de ese crudo, situado en la Faja Petrolífera del Orinoco, la gerencia petrolera decidió alentar la innovación local y para ello recurrió a su capital científico. El Instituto Venezolano de Tecnología del Petróleo, en principio en colaboración con la Universidad de los Andes, decidió probar con el desarrollo de una emulsión, el mismo procedimiento que hace posible la mayonesa, para hacer menos viscoso el petróleo pesado y domesticarlo.
No sin pocos contratiempos, finalmente se llegó a la fórmula de la orimulsión, compuesta por alrededor de 70% de petróleo extrapesado, 30% de agua dulce y una pequeña adición de surfactantes que son los que hacen que la mezcla sea estable. La patente, que se publicó en 1996 se atribuyó a Hercilio Rivas, Sócrates Acevedo y Xiomara Gutiérrez, de Intevep.
Para el investigador Jaime Requena, individuo de número de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales, la orimulsión fue una “genialidad”, un recurso que no competía con el petróleo, sino con el carbón porque era útil como combustible para las plantas de electricidad, algo que, a la larga, sirvió de argumento para los que decretaron su fin.
“La orimulsión fue lo que le puso los pantalones largos a la ciencia venezolana”, dice Requena. “En ese momento nos dimos cuenta de que si teníamos un propósito, un proyecto, algo interesante en las manos, éramos capaces de resolverlo”.
Los años grises
Como toda innovación que sale al mercado, la orimulsión tuvo no pocos enemigos, pero lo que nadie se esperaba era que su sepulturero fuera el propio gobierno venezolano. Bernard Mommer, uno de los principales asesores de Chávez en materia de hidrocarburos, figura como la cabeza visible de la tesis que enterró al combustible, con el argumento de que la comercialización del producto afectaba no solo las exportaciones venezolanas de crudo pesado, sino también los precios petroleros en general.
“Si comparamos los diferentes usos de un barril de extrapesado ―mezclarlo, producir orimulsión o mejorarlo― la orimulsión sale tan mal parada que se hace muy difícil, si no imposible, defenderla”, escribió, en un artículo de Interciencia de 2004. Incluso acusó a la filial de Pdvsa, Bitúmenes del Orinoco, que comercializaba la orimulsión, de mentir al rebautizar al petróleo extrapesado como bitumen.
De nada sirvió la defensa que los gerentes de Bitor, suspendidos luego del paro de 2003, hicieron de las bondades del “único producto de la tecnología venezolana que ha generado ventas por más de 1,2 millardos de dólares desde su primera comercialización hace unos 15 años”, como señalaron también en Interciencia en 2004.
Requena atribuye lo ocurrido al resentimiento político contra los científicos que formaban entonces Pdvsa, porque “según la lógica del gobierno de Chávez no podía seguirse aceptando la existencia de méritos en la industria petrolera”.
El químico venezolano Vladimiro Mujica, que trabajó en esos años en la Universidad Central de Venezuela para entender cómo funcionan ciertas emulsiones en el tratamiento del petróleo pesado, también critica que el gobierno haya desechado la orimulsión, un proceso que, a su juicio, era muy competitivo para tratar este tipo de hidrocarburo.
En todo caso, el invento murió. A juicio de Requena no se puede rescatar, pues era una creación acorde con los desafíos del momento, que se debió usar de base para su perfeccionamiento, utilizando, para ello, los avances científicos. “El problema es que ahora no tenemos ni la gente ni el dinero para hacerlo porque la tecnología de catálisis de petróleo es extremadamente costosa”, asegura el estudioso.
En la actualidad Pdvsa importa petróleo liviano para diluir el crudo pesado, lo que a juicio de los defensores de la orimulsión es una ofensa a los logros de los investigadores que en los años 80 se esforzaron por descubrir una fórmula nacional para sacar provecho de un recurso abundante pero de difícil manejo.