La ciencia sin fondos

Pese a las afirmaciones gubernamentales sobre el incremento a niveles históricos del financiamiento para la investigación en los últimos tres lustros, poco se sabe sobre el aprovechamiento de los recursos recaudados por vía de la Locti o asignados por presupuesto para el sector

La promulgación de la Ley Orgánica de Ciencia, Tecnología e Innovación, en 2001, hizo nacer esperanzas sobre el futuro de la investigación porque prometía asegurar fuentes de financiamiento para consolidar el sistema de ciencia y tecnología. Una vez que se aprobó el reglamento de la Locti, en 2006, las empresas que devengaban más de 100.000 unidades tributarias se vieron obligadas a contribuir con entre 0,5% y 2% de sus ingresos para desarrollar el área.
La inversión en ciencia se disparó e incluso superó los cálculos más alentadores: el porcentaje de PIB dedicado a actividades científicas subió de 0,38% en 2004 a 0,74% en 2006, según cifras de la Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología Iberoamericana e Interamericana. Aparentemente, se trataba de un triunfo para el sector y para el país, pues parecía acercarse la ansiada meta del 1% dedicado a la ciencia y la tecnología que recomiendan los organismos internacionales para los países en desarrollo.
En principio, hubo proyectos independientes de universidades y centros científicos que pudieron contar con un espaldarazo. Sin embargo, el entusiasmo duró poco. La reforma de la Locti aprobada en 2010 estatizó los aportes, que inicialmente las empresas podían invertir en sí mismas o en proyectos de investigación y de innovación independientes, y que a partir de entonces debieron entregarse directamente para su administración al Fondo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación.
Los recursos provenientes de la ley alcanzaron su punto más alto en 2012, cuando se recaudaron 5,6 millardos de bolívares. Aunque luego la cantidad de dinero continuó aumentando, cálculos del Observatorio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación señalan que los recursos se vieron afectados por la inflación y, por tanto, en realidad equivalieron a menos disponibilidad de financiamiento.
En todo caso, el aporte de la Locti no sirvió para un verdadero despegue de la ciencia y la tecnología en Venezuela. “Menos de 3% de lo que se invirtió fue para los institutos de investigación y las universidades del país. En 2005, el 97% se quedó en las empresas y nadie supo en qué se invirtió”, recuerda el científico Rafael Rangel-Aldao.
La opacidad ha sido también una característica de la inversión total en ciencia, más allá de la Locti. En 2009, el entonces ministro de Ciencia, Tecnología e Industrias Intermedias, Jesse Chacón, llegó a afirmar que el país había pasado de invertir entre 0,3% y 0,5% del PIB a dedicar 2,69% del PIB en 2007. Sin embargo, las cifras de Ricyt indican que ese año lo invertido por el país fue en realidad 0,68% del PIB.