La biología fue protagonista

Impulsada en la era gomecista por la necesidad de mejoras en la agricultura, la disciplina pronto encontró entusiastas investigadores en distintas especialidades que contaron con el aporte de científicos de otras latitudes

Los grandes científicos han sido reseñados por la historia como personas que sabían un poco de todo. En el caso de la biología, la historia local menciona como dato curioso que entre los precursores estaba José María Vargas, en su faceta de botánico. Es comprensible, los médicos debían saber de plantas para poder usarlas en la cura de enfermedades.
Pero así como la humanidad avanzó en conocimiento, también lo hicieron las ciencias, entre ellas la biología, que ganó su propio terreno abriéndose hacia disciplinas más específicas. Así, la que fue una ciencia de apoyo se convirtió también en protagonista.
En Venezuela, ya en el siglo XX las investigaciones se conducían en dos ámbitos: la biología descriptiva —practicada por naturalistas— y la experimental o biomedicina —practicada casi exclusivamente por médicos—. Sin embargo, al llegar la dictadura gomecista, la línea estratégica por seguir la impuso la necesidad de mejoras en la agricultura y la ganadería, principales actividades económicas.
En consecuencia, el gobierno recurrió a científicos extranjeros ante la carencia de profesionales venezolanos. Así llegó el suizo Henri Pittier para fundar una Escuela de Agronomía en Maracay y una estación biológica y para formar un grupo de importantes botánicos, entre los cuales se destacaron Francisco Tamayo y Tobías Lasser.
Con López Contreras, bajo una incipiente democracia, se creó la Escuela Superior de Agronomía y Zootecnia. Proliferaron después en los sesenta laboratorios de investigación agrícola y veterinaria y estaciones experimentales bajo el amparo del Ministerio de Agricultura, con la subsecuente creación del Fondo Nacional de Investigaciones Agrícolas y Pecuarias y luego el Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas.
En cuanto a la biología biomédica o experimental, los historiadores la conectan con la llegada del fisiólogo catalán Augusto Pi Suñer en 1940, fundador del Instituto de Medicina Experimental de la Universidad Central de Venezuela, que vio interrumpida su actividad con la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, a mediados de siglo.
Yolanda Texera, historiadora de la ciencia y docente del Centro de Estudios de Desarrollo, acota que en este recuento es imposible dejar de nombrar a Francisco De Venanzi y Marcel Roche, quienes se unieron para crear el Instituto de Investigaciones Médicas. La idea básica era hacer ciencia tomando como base los problemas nacionales y locales de la medicina, conectada totalmente con la biología. Más tarde este primer paso daría vida al Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. De escuelas y facultades. Otro hito importante en el desarrollo de la biología fue la creación de la Escuela de Ciencias en la Universidad Central de Venezuela. A Tobías Lasser, médico y botánico, se le atribuye el mayor esfuerzo en esta gesta que se concretó en 1947. Unos años más tarde se definieron las asignaturas de una Escuela de Biología propiamente dicha, que en 1958 y con las escuelas de Química y Física y Matemática formalmente dio cuerpo a la Facultad de Ciencias. “En general, el desarrollo de las líneas de investigación en biología tuvo mucho que ver con el impulso de la institucionalidad científica. En democracia, muchos investigadores fueron enviados al exterior a especializarse y volvieron al país trayendo información fundamental”, acota el biólogo y docente Alejandro Álvarez. “Contamos también con los aportes de científicos latinoamericanos muy bien formados que escapaban de las dictaduras en sus países y vinieron a nuestras universidades a enseñar y a hacer ciencia”.
La culminación del siglo XX contó con la creación de posgrados y centros de investigación especializada a lo largo de toda la geografía nacional. El desarrollo y el aumento de las necesidades del país fueron los impulsores de este cambio particularmente en las universidades, que a la vez nutrieron la labor docente, entendiendo que esta última no es posible sin instalaciones, insumos, equipos y recursos adecuados. El sector privado también tuvo un papel activo con la creación de fundaciones y apoyo a ONG, muchas de las cuales han mantenido su compromiso hasta el presente.
En cuanto a los últimos años, tanto Texera como Álvarez coinciden en que el apoyo a la biología y, en general a la ciencia, ha sido mínimo, en una especie de apatía nacional. Hoy en día las casas de estudios tienen recursos insuficientes para mantenerse y los docentes e investigadores siguen su vocación con un gran espíritu de servicio que no es debidamente remunerado.