El universo con mirada venezolana

Aunque la astronomía en el país tuvo comienzos modestos, se consolidó en grupos de investigación con proyección internacional, con aportes en áreas como la comprensión de la evolución de las galaxias y la búsqueda de planetas fuera de las fronteras del sistema solar

En uno de sus viajes a Estados Unidos, mientras estaba al frente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas, en el umbral de los años setenta, el científico venezolano Marcel Roche recibió la invitación a cenar de parte de un grupo de astrónomos. Fue agasajado con comida, vino y, al finalizar los postres, con habanos y coñac.
En ese momento de relax, los anfitriones le revelaron el propósito del convite: la comunidad científica internacional estaba seriamente preocupada por el destino de los sofisticados equipos de observación espacial, entre ellos un potente telescopio Schmidt que Venezuela había adquirido en Alemania una década antes, por gestiones del científico Eduardo Röhl, y que seguían embalados, sin que pareciera que hubiera ningún interés en utilizarlos.
La anécdota la cuenta la historiadora de la ciencia Yajaira Freites en un perfil sobre Roche y es, sin duda, elocuente acerca de los vericuetos que tuvo que recorrer la astronomía en el país antes de convertirse en una disciplina formal con todas sus letras.
El plan de los astrónomos sibaritas tuvo efecto y Roche se puso en acción para fundar el Centro de Investigaciones Astronómicas Francisco J. Duarte. Röhl, como recuerda la web del CIDA, había adquirido los mismos instrumentos que tenía el observatorio de Hamburgo e incluso las cúpulas se habían planificado y diseñado en Alemania.
Inicialmente, se había pensado que el nuevo centro de investigación debía ubicarse en el Observatorio Cajigal, pero la contaminación lumínica de una Caracas que iba en crecimiento obligó a desechar esa idea. Para decidir el mejor lugar para enclavar el nuevo centro de investigación se contrató entonces a Jürgen Stock, astrónomo alemán que venía de dirigir el joven Observatorio Interamericano de Cerro Tololo, en Chile, y que haría de Venezuela su hogar para el resto de su vida. Luego de considerar varios sitios, entre ellos Margarita, la península de Paraguaná y Carora, se seleccionó Llano del Hato, en Mérida, a 3.600 metros sobre el nivel del mar y allí se trasladaron los equipos, con no poco esfuerzo.
Para el astrofísico venezolano Claudio Mendoza, contratar a Stock fue clave en el éxito del proyecto. “Él armó toda esa estructura a partir de un rompecabezas que ni siquiera tenía instrucciones. Logró montar las cúpulas y poner los telescopios a funcionar”. El observatorio tiene la ventaja de su ubicación: es uno de los pocos situados muy cerca del Ecuador, lo que permite auscultar el cielo entre los dos hemisferios terrestres.
En el tope mundial
En el CIDA se desarrolló uno de los tres grupos de investigación en astronomía de relevancia en el país; los otros dos se consolidaron en la Universidad de los Andes y en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, este último con una orientación teórica, explica Mendoza.
Pese a las limitaciones por los modestos recursos económicos y el pequeño número de investigadores, el nivel de la astronomía que alcanzó el país a finales de siglo pasado y a principios de este fue muy alto, añade la investigadora venezolana Kathy Vivas, quien actualmente forma parte del equipo del Observatorio Interamericano Cerro Tololo. “Venezuela fue por mucho tiempo uno de los líderes del capítulo regional latinoamericano de la Unión Astronómica Internacional, junto con Chile, México, Brasil y Argentina, que son los países donde esta ciencia está más desarrollada en la región”, señala.
Para tener una idea de la proyección que alcanzaron los venezolanos, basta recordar que el CIDA fue escogido, a mediados de los noventa, para formar parte del proyecto Quest, un esfuerzo internacional liderado por la Universidad de Yale, que se concentraba en la búsqueda, en la zona ecuatorial, de cuásares, los objetos más luminosos del universo. Esta iniciativa implicó la repotenciación del ya veterano telescopio Schmidt de Llano del Hato, para convertirlo en una cámara digital ultrasensible, equipada con un cerebro computarizado capaz de procesar en una sola noche de “barrido” estelar 30 gigabytes de información.
Para Mendoza, los grupos de investigación venezolanos, además de hacer aportes en áreas de vanguardia que van desde la búsqueda de respuestas sobre la evolución de las galaxias hasta el rastreo exoplanetas ―planetas que orbitan una estrella fuera del sistema solar― formaron una generación de relevo que ha logrado integrarse a equipos de trabajo en centros de alto nivel como el Instituto de Tecnología de California, la NASA o la Universidad de Harvard.
Aunque herido por la diáspora científica, todavía hay un núcleo de profesionales en el país que contribuye a entender el universo con ojos venezolanos, además de otros que, asegura Mendoza, están dispuestos a regresar.