Diez décadas de ciencia, diez décadas de aportes civiles

La investigación en Venezuela fue un terreno incipiente durante la primera mitad del siglo XX. La democratización permitió el crecimiento de la matrícula universitaria y con él la preparación de cuadros que posibilitaron la consolidación de un sistema de producción de conocimientos y la modernización del país

Dos arquetipos se encaran en la memoria colectiva de los venezolanos. Por una parte, José María Vargas, prototipo del ejemplo civil, médico, fundador de la química y la botánica en Venezuela. Por la otra, su defenestrador, Pedro Carujo, el militar veterano de la guerra de Independencia.
Pareciera que el país está condenado a revivir una y otra vez la contraposición entre dos figuras que encarnan la civilización contra la barbarie, la institucionalidad contra la fuerza de las armas. Esa imagen se hace presente al repasar lo que ha sido el último siglo de la historia de la ciencia en Venezuela, a propósito del centenario de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales que se celebra este año.
Para Gioconda San Blas, presidenta de la Acfiman, fue precisamente el aporte de civiles lo que posibilitó algunos de los avances más notables del siglo, entre ellos la concreción de un sistema científico tecnológico que pronto se destacó entre los primeros de Latinoamérica, así como la construcción de infraestructura de servicios como el agua y la electricidad. “Sin el conocimiento de científicos y tecnólogos eso no se hubiera podido lograr”, señala San Blas, que hizo énfasis en este punto en su discurso en el acto solemne del centenario de la academia, el pasado 11 de julio.
La ley de creación de esta institución, puesta en ejecución el 19 de junio de 1917 por el presidente provisional Victorino Márquez Bustillos, le atribuyó, entre sus funciones, propulsar el desarrollo de la ciencia, estudiar los mejores métodos para su enseñanza, recomendar textos idóneos para ello y servir de órgano consultor para el Estado.
En un país donde predominaba el analfabetismo, donde no se toleraba el disentimiento propio de la vida intelectual, ese cometido no era fácil de cumplir. De hecho, hubo que esperar hasta 1933 para que la Academia finalmente se activara y luego a que terminara la larga tiranía gomecista para que se abriera el compás que permitiría el avance del conocimiento. Pero es solo después de 1958, con la llegada de la democracia, “cuando realmente se institucionalizó la actividad científica”, añade San Blas.
Claves en las aulas
La formación de la gente capacitada para armar la infraestructura que transformó el país durante la segunda mitad del siglo XX fue uno de los grandes aportes de la universidad venezolana, puntualiza Yajaira Freites, especialista en Estudios Sociales de la Ciencia del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. “Muchos hicieron posgrados afuera, pero fueron formados aquí y eso incluye desde la institución más pequeñita del sistema hasta la madre de todas, la Universidad Central de Venezuela”, señala.
Ese desempeño exitoso es reseñado por el investigador Jaime Requena en el libro Medio siglo de ciencia y tecnología en Venezuela: “La matrícula universitaria nacional creció 2.138% entre 1955 y 1975”, apunta. Sin embargo, aunque el número de estudiantes continuó aumentando, para fines del siglo XX el país había perdido el ritmo que alcanzó en décadas precedentes. Otro tanto ocurrió con la investigación, que hoy registra un grave retroceso en productividad.
Freites agrega que otras grandes contribuciones de los cuadros preparados en las aulas universitarias estuvieron en la modernización de la alimentación, que se hizo más variada e incorporó nuevos productos y tendencias; en los avances tecnológicos y agropecuarios y en la mejora de las condiciones de salud y de la expectativa de vida de los venezolanos, que pasó de los 31 años de principios de siglo a los 71 años de la década de los noventa.
El impulso modernizador que cambió el país sin duda se debió en gran parte a la inyección de recursos que aportaron los ingresos petroleros, pero la experiencia de los últimos tres lustros demuestra que no es suficiente. “En los últimos 18 años, la ciencia ha estado marginada de las decisiones de Estado. Se aplica un pensamiento dogmático y doctrinario, que no toma en cuenta las evidencias. Ignorar lo que ya sabíamos ha resucitado antiguos monstruos”, apunta Sergio Antillano, ex director del Museo de Ciencias.
San Blas señala que los logros del siglo XX dejaron claro el capital en talento humano que tiene la nación. “Pudimos probar que somos gente talentosa, algo que también están demostrando los contingentes que han emigrado”.